Mi absoluta ignorancia hacia lo
que pasó, y mi seguridad ante mis actos, me hizo pasar sobre nosotras con el
respeto y el cuidado del que sólo tiene el trabajo de asumir. Una persona que
sólo persigue la desgracia tiene la obligación de deshacerse de las personas que
la llevan sobre sus espaldas. Yo sólo era un impedimento más en tu deseo de
llegar a estar completamente sola.
Ignoro si las personas que te
rodean ahora te hacen algún bien o has elaborado otro laberinto de espinas,
pero sé que todavía no eres feliz. Lamento que todo haya acabado en asustarme
cada vez que me cruzo con una chica con un pelo parecido al tuyo, o que yo sea
una persona con la que ni siquiera quieres pararte a hablar por la calle. Yo ya no puedo verte con claridad.
No quiero. Prefiero ver esta imagen desdibujada tuya: la de la egoísta, la de
una persona que se autoproclama víctima y se margina. Ni siquiera te has
molestado en buscarme y prefiero pensar en el dolor que nos hemos hecho. No
hablo de ti a casi nadie y me pesa tu actitud de mártir. Después de ti tuve miedo de perder en adelante
y para siempre mi risa pura. La habías ensuciado: estallaba lacerando como
chispa en mis labios, ardiendo enfangaba mi lengua y se hundía en mi pecho con
un peso de amargura.
Yo mantuve tus secretos, te animé
lo inimaginable, aguanté tus injustificados ataques. Te defendí ante todos y
respeté tu decisión de aislarnos. Pero si algo creo ahora es que no quiero
subordinarme nunca, no quiero volver a ser el apoyo de nadie que después
desaparezca como un perro callejero. Mi deseo es recordarte por lo malo.
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